El amor es una de las palabras más importantes en el mundo, en el universo, en la historia de la vida. Además de las más utilizadas. Utilizadas en todas sus vertientes como: querer, adorar, dar algo a cambio de nada a otra persona, regalar tu tiempo a alguien, escuchar los problemas que tiene tu pareja e intentar ayudarle, darles la vida a tus hijos...
Se habla del amor en: canciones, películas, libros, redes sociales, sobremesas, bodas e incluso en rupturas. Es más, hablan de amor hasta los zurdos de esta sociedad que están llenos de odio hacia toda persona que no opina como ellos e intentan crucificarlos en la plaza de su pueblo, que por cierto, no lo hacen porque también están llenos de odio hacia la Fe Cristiana y hacia los fachas que van a la iglesia. Que no hacia los de la fe musulmana o a los que van a mezquitas, que para esos sí que tienen mucho amor. De este tema no entiendo porque no lo comprendo así que sigo a lo mío.
Se habla del amor de pareja, del amor de una madre hacia su hijo, del amor platónico, del amor no correspondido o del primer amor en tu vida que te hizo descubrir millones de maravillosas cosas y del amor que sale mal. Quiero decir que cuando uno se para a pensar con un poco de calma, descubre algo curioso: casi siempre que se habla del amor, se habla del amor “a” o “de” los demás. Del amor que sentimos por otra persona o del amor que otra persona nos da. Muy pocas veces oigo a un amigo hablar del amor que se tiene a sí mismo. Y todavía menos del amor que uno se demuestra en su forma de vivir, de trabajar, de cuidarse y de relacionarse con lo que tiene alrededor. Pero claro, tanto yo como todos mis amigos no somos un buen ejemplo para hablar de este tema ya que somos unos machos de lomo plateado que no sentimos ni padecemos aunque puedo seguir esta redacción ya que he visto películas de amor (no se lo digas a nadie).
Personalmente si tengo que hablar del amor, me gustaría hacerlo desde dos lugares que para mí son esenciales. El primero, el amor propio. He tardado 40 años, de verdad, de los de 365 días cada uno, sumados uno detrás de otro, haciendo un total de 40, que no 30 ni 20, justo cuarenta años en darme cuenta de que no me tenía ningún tipo de amor. Y seguramente, aunque tú no lo sepas, te ha pasado o te está pasando lo mismo. Amor propio no entendido como ego, ni como narcisismo, ni como esa versión moderna que parece consistir en subir frases de autoestima a redes mientras por dentro uno sigue perdido, sin rumbo, incluso roto. Hablo del amor propio de verdad. Ese que no se demuestra a otros y se lleva por dentro en nuestras acciones diarias. Y el segundo, el amor actual a las personas que te rodean, a las cosas que te rodean y al trabajo. Ese amor menos romántico y más cotidiano pero igual de importante. Menos de promesas y más de hechos. Menos de “te quiero” y más de “demostrar las cosas”.
El amor propio es uno de los conceptos más importantes y al mismo tiempo más descuidados de nuestra época. La mayoría de las personas dicen quererse, pero no tienen ni puta idea de lo que dicen. Dicen que son lo más importantes para ellas mismas y luego viven de una forma que no parece precisamente una declaración de amor hacia sí mismas. Duermen poco y mal. Comen cualquier cosa sin tener en cuenta la calidad de los alimentos. Beben alcohol más de la cuenta. Fuman tabaco o lo que es peor, fuman vapers. Viven aceleradas, estresadas y sin foco. No hacen deporte. No leen ni se forman en cuestiones positivas para ellos como: alimentación, autoconocimiento, gestión emocional... No cuidan su cabeza. No ponen límites. Se rodean de personas que no les aportan nada bueno, que los desgastan. Aceptan trabajos, hábitos y rutinas que les consumen, y después se sorprenden de sentirse vacíos, cansados o desconectados.
No está en repetirte delante del espejo que "eres maravilloso" o que "hoy va a ser un gran día". Rectifico, no está solo en hacer eso, que algo funciona pero sumado a muchas otras cosas. Está más en lo que haces cuando nadie te ve. Está en levantarte antes porque has decidido estudiar algo que te hará mejor. Está en salir a hacer deporte aunque no te apetezca. Está en renunciar a ciertos excesos porque sabes que luego el cuerpo, la cabeza o el ánimo te los van a pasar factura. Está en comer mejor, dormir mejor, pensar mejor. Está en elegir, una y otra vez, lo que te construye en lugar de lo que te destruye.
Se parece mucho más a la disciplina que al romanticismo. Porque quererse no siempre es hacer lo que te apetece. Muchas veces es totalmente lo contrario. Me apetece pizza, cerveza, cubata y acostarme tarde pero al final como carne con verduras, agua con gas y a dormir no más tarde de las 00:30h. Es hacer lo que te conviene aunque te cueste, el deporte no para estar fuerte, guapo o delgado sino hacer deporte porque luego estoy más sano, tengo menos dolores, mi autoestima sube y me siento mejor en todos los aspectos. Es elegir lo incómodo cuando sabes que te lleva a un sitio mejor. Es entender que cuidarte no es una moda, ni una racha, ni una frase el 1 de enero. Es una forma de respetarte.
Piensa que si tratáramos a otra persona como a veces nos tratamos a nosotros mismos, nos parecería una locura. Imagínate decirle a alguien que quieres: duerme poco, come mal, no te formes, no leas, no te muevas, vive acelerado, no pienses en tu futuro, no hagas nada por mejorar, ya da igual. Suena cruel. Sin embargo, hay mucha gente que lleva años diciéndose eso a sí misma con sus actos. No con palabras lógicamente, pero en el fondo sí con hábitos. Y eso también es una forma de hablarse.
El amor propio se ve mucho en cómo una persona se responsabiliza de sí misma. De reconocer sus errores, ver qué cosas debe mejorar y al menos intentarlo, no se trata de ser perfecto pero si de ser mejor que ayer. Hay quien espera que alguien llegue a rescatarle, a motivarle, a empujarle, a ordenarle la vida. Y hay quien entiende que, aunque reciba ayuda, hay una parte del camino que le toca hacer solo. Ahí hay amor. En asumir que tu vida es tuya. En no vivir como si siempre hubiera tiempo infinito para arreglar lo que hoy estás dejando caer. En darte a ti mismo el valor suficiente como para no abandonarte.
Yo lo noto mucho cuando pienso en el estudio de temas que te hacen mejor mentalmente, mejor por dentro y por fuera, no solo en la mejora profesional sino en el deseo de seguir creciendo. Formarte, aprender, seguir desarrollándote, no quedarte quieto… también es una forma de quererte. Porque en el fondo te estás diciendo a ti mismo: “No quiero caducar. No quiero convertirme en alguien que vive de lo que ya fue. No quiero depender siempre de la misma versión de mí, ir hacia abajo y apagarte”. Eso, para mí, es amor propio. Igual que lo es hacer deporte. Igual que lo es cuidar lo que comes. Igual que lo es saber decir “esto no me conviene” o “por aquí no paso”.
Y como seres humanos que somos, algunos más que otros, el amor propio no lo es todo. Porque la persona no vive aislada. Vivimos rodeados de personas, de vínculos, de responsabilidades, de contextos, de trabajo, de objetos, de hábitos y de espacios. Es nuestra naturaleza, está en nuestro ADN. Y ahí entra la segunda parte de esta reflexión: el amor a los demás, a lo que nos rodea y al trabajo.
Puede ser que se hable mucho del amor, pero a veces se practica poco. Parece que el amor ha quedado reducido a grandes frases, grandes gestos o grandes momentos, cuando en realidad el amor real la mayor parte del tiempo se juega en pequeño. En cómo hablas. En cómo escuchas. En cómo miras. En si tienes paciencia. En si respetas. En si prestas atención. En si cuidas lo que tienes antes de echar de menos lo que perdiste. Vamos en el día a día, no solo los domingos.
Y ojo que esto sirve para la pareja, para la familia, para los amigos y también para los hijos. A veces confundimos amor con costumbre, con dependencia o con control. Pensamos que porque queremos mucho ya estamos queriendo bien. Y no siempre es así. Hay amores que ahogan. Hay amores que corrigen demasiado. Hay amores que invaden. Hay amores que se vuelven exigencia, reproche o miedo.
Para mí, querer a alguien de verdad también implica entenderlo, adaptarte a sus necesidades. Escucharlo de verdad. Decirle lo que necesita oír, no solo lo que le agrada. Estar cuando toca estar. Sostener cuando toca sostener. Pero también apartarte cuando lo que necesita. El amor maduro no necesita hacer ruido. Se nota en los detalles. En la constancia. En la presencia. En la tranquilidad que transmite. Matthew McConaughey dijo algo parecido a que en una pareja, a veces uno va más deprisa que el otro, en otros momentos el que iba más deprisa se pone a andar y el otro se pone a correr. Pero lo que realmente me dejó pensativo fue su frase final, diciendo que lo más importante en una relación es no perder de vista nunca a tu pareja, estés más adelantado o estés por detrás de ella.
Y hablando de frases, hay una en oratoria que siempre me ha parecido muy cierta: las personas no siempre recuerdan lo que les dijiste, pero sí cómo les hiciste sentir. Ahí, en el fondo, hay una gran definición del amor. Amar es dejar una huella buena en la experiencia del otro. No perfecta. No ideal. Pero sí buena. Hacer que alguien se sienta respetado, acompañado, visto, tenido en cuenta. No ignorado, juzgado o empequeñecido.
Y esto me lleva a otro tipo de amor del que se habla poco: el amor a las cosas que uno tiene alrededor. A su casa. A sus rutinas. A sus objetos. A los espacios que habita. A lo cotidiano.
Creo que una persona que ama lo que tiene, lo cuida. Cuida su casa, su coche, su ropa, sus herramientas, su entorno. No por obsesión ni por postureo, sino porque entiende que el cuidado también es una forma de agradecimiento. Vivimos en una época donde todo parece rápido, reemplazable y provisional. Si algo falla, se tira. Si algo se gasta, se cambia. Si algo aburre, se sustituye. Y esa lógica del usar y tirar no solo afecta a las cosas. A veces acaba afectando a las personas, a los trabajos y hasta a la forma de vivir. Es normal, Una acción repetida se vuelve un hábito, el hábito se convierte en costumbre, la costumbre en carácter, y el carácter en destino.
Por eso me parece importante reivindicar un amor más responsable. Amar también es mantener. Es reparar. Es dedicar tiempo. Es no despreciar lo cotidiano por el simple hecho de que ya está ahí. La casa donde vives, la mesa donde comes, el barrio por el que caminas, la tienda donde trabajas, el material que usas… todo eso también habla de ti. Del cuidado que pones. Del respeto con el que tratas el mundo que te sostiene.
Y aquí enlazo con otra parte que para mí es esencial: el amor al trabajo.
Hoy parece casi obligatorio decir que solo el tiempo libre merece la pena, que trabajar es una carga y que el ideal sería vivir sin obligaciones y con el mínimo esfuerzo. Y entiendo que haya mucha gente que lo vea así, porque hay trabajos duros, mal pagados, desagradecidos o incluso injustos. Pero también creo que tener un trabajo que te guste, que te rete y que te permita construir algo es un privilegio enorme. Y que amar tu trabajo, o al menos respetarlo profundamente, cambia mucho la forma en que vives.
No hablo de idealizar la empresa ni de convertirte en esclavo de tu puesto. Hablo de otra cosa. Hablo de hacer tu trabajo con esmero, con intención, con responsabilidad y con ganas de hacerlo bien. Hablo de sentir que lo que haces importa. Hablo de no trabajar como quien cumple un castigo, sino como quien está aportando algo. Está claro que a todos nos gustaría ser ricos y no tener que trabajar, pero ya que tenemos que madrugar todas las mañanas para ir a trabajar todos los días, al menos hagámoslo bien y disfrutemos en la medida de lo posible. Y oye, que si no te gusta lo que haces, haz todo lo posible por aprender una nueva habilidad y busca otro trabajo que te llene, no seas melón y hagas como mucha gente que conozco que continuamente se está quejando de su trabajo, de su jefe, de lo que hace y de todo lo que le ocurre a diario. Vuelvo a lo mismo de antes, ¡asume y hazte cargo hostia!
El amor al trabajo se nota mucho en el detalle. En la forma de preparar una reunión. En cómo corriges a un equipo. En cómo explicas algo. En si te conformas con lo justo o te esfuerzas por dejar las cosas mejor de cómo las encontraste. En si atiendes a un cliente por inercia o con verdadera intención de ayudarle. En si montas una tienda porque toca o porque quieres que quede impecable. En si te implicas cuando algo falla o miras al techo esperando que lo solucione otro. Pero que igualmente, una pescadera puede hacerlo igual, quitando las escamas de un salmón de cualquier manera o quitándolas de forma esmerada, haciendo los filetes por encima de las espinas, etc.
Amar el trabajo no significa estar feliz las veinticuatro horas ni disfrutar cada minuto. Habrá momentos en los que estarás harto del trabajo o cabreado con tu jefe porque dijo esto o aquello, por supuesto que sí. Amar el trabajo que hacer significa sentir un compromiso de fondo con lo que haces. Saber que no todo va a ser bonito, pero que aun así merece la pena hacerlo bien. Significa entender que tu trabajo no solo te paga facturas, también moldea tu carácter. Te enseña paciencia, criterio, resistencia, humildad o capacidad de decisión. O te lo enseña… si tú quieres aprenderlo.
Además, amar el trabajo también tiene mucho que ver con amar a las personas con las que trabajas. Ningún trabajo se vive igual si sientes que estás rodeado de gente con la que puedes contar. El ambiente, la confianza, el respeto, la forma de corregir, de apoyar y de exigir… todo eso y sentir que formas parte de un equipo convierte un sitio en un lugar donde uno quiere estar o en uno del que solo quiere huir. Por eso creo que el amor al trabajo no es solo amor a la tarea, sino también amor a la gente, al equipo, al propósito y a la manera de construir juntos. Ayer en un podcast decían que hay gente que desea que pasen 5 días rápido para disfrutar 2, y si piensas el fondo de esa frase, ¿no crees que es malgastar tu vida? quiero decir, imagina que se hiciera realidad ese deseo, eliminar los 5 días laborales de tu vida para vivir solo los 2 días del fin de semana, estarías condenando tu vida a borrar unos 265 días al año para solo vivir 106 días. Que igual no te ha impactado pero si eso lo multiplicas por 45 años que son más o menos los que una persona tiene que trabajar, estamos hablando de reducir la vida de una persona 11925 días o lo que es lo mismo hacer que viva casi 33 años menos, increíble.
También es verdad que aquí hay una línea delicada. Porque amar tu trabajo no puede ser una excusa para abandonarte en todo lo demás. Y ahí vuelvo al principio: sin amor propio, cualquier amor se desequilibra. Si amas tanto tu trabajo que dejas de cuidarte, algo falla. Si cuidas tanto a los demás que te olvidas de ti, algo falla. Si te respetas mucho a ti mismo pero desprecias a los demás, también falla. Por eso el amor, cuando está sano, no se concentra en un solo sitio. Se reparte. Se equilibra. Se demuestra en varias direcciones.
Quizá esa sea la palabra importante: equilibrio.
Porque amar bien no es quererse solo a uno mismo. Tampoco es entregarse a los demás hasta vaciarse. Ni es refugiarse en el trabajo para no mirar otras carencias. Amar bien es encontrar una manera de estar en el mundo que no te rompa por dentro ni rompa lo que te rodea. Es poder cuidarte y cuidar. Exigirte sin machacarte. Entregarte sin perderte. Trabajar con pasión sin convertirte en esclavo. Querer a otros sin dejar de quererte a ti.
Sé que suena bonito, pero no siempre es fácil. De hecho, muchas veces es bastante incómodo. Porque el amor verdadero, igual que la madurez, no siempre coincide con lo que apetece. A veces amar a alguien implica ponerle un límite. A veces amarte a ti mismo implica renunciar a algo que te gusta. A veces amar tu trabajo implica hacer una conversación muy incómoda.
El amor propio es cuidarte aunque nadie se dé cuenta, ni falta que te hace.
El amor a las personas es tratarlas con respeto, incluso en los días más duros.
El amor a lo que tienes es no despreciarlo por costumbre, recuerda lo que te costó conseguirlo.
El amor al trabajo es hacerlo bien aunque nadie te esté mirando, porque tú si lo ves.
Y en el fondo, quizá todo se pueda resumir en lo mismo: amar es hacerte responsable.
Responsabilidad sobre tu cuerpo, sobre tu mente, sobre tus relaciones, sobre tus decisiones, sobre tus palabras, sobre tus actos y sobre el lugar que ocupas en la vida de otros. El amor no es solo sentir algo bonito. Es comprometerse. Es cuidar pero sobre todo cuidarse. Es sostener. Es elegir una y otra vez no estropear lo que realmente importa.
Cuidas tu cuerpo, te quieres.
Cuidas tu cabeza, te quieres.
Cuidas a tu gente, los quieres.
Cuidas tu trabajo, lo respetas.
Cuidas lo que tienes, lo valoras.