El amor tiene dos direcciones: una apunta hacia uno mismo —la autoestima— y otra hacia los demás. Amarse a uno mismo es condición necesaria para poder entregar ese amor hacia fuera. ¿Cómo vas a dar algo que no tienes?
Pero antes de hablar de amor, habría que definirlo. Para mí, el amor es incondicional o no es amor. Solemos confundirlo con su versión condicionada: hacia uno mismo, ese bienestar que sentimos solo cuando tenemos éxito, y que desaparece ante el error o la limitación. Hacia fuera, el amor que damos porque nos lo devuelven en la misma medida: si me lo retiras, yo también retiro el mío. El amor condicionado también se le conoce como el cariño.
Por eso conviene distinguir dos planos. El cariño es un sentimiento. El amor, en cambio, es un estado desde el que decidimos vivir. Por eso podemos sentir amor incluso hacia personas desconocidas, aunque no les tengamos cariño.
¿Y cómo se expresa ese amor?
Hacia uno mismo, se manifiesta dejando de convertirnos en nuestro
juez más severo. Significa tratarnos con respeto, perdonarnos cuando nos
equivocamos, agradecer lo que somos y lo que hemos aprendido,
escucharnos con honestidad y aceptar nuestras limitaciones sin que ello
disminuya nuestra autoestima.
Hacia los demás, se expresa en la escucha activa, en el respeto por sus
creencias, sentimientos y decisiones. En ofrecer ayuda sin esperar nada
a cambio. En evitar el juicio precipitado y recordar que cada persona
actúa, en cada momento, lo mejor que sabe con la información y el nivel
de conciencia que posee.
En ambos casos, el amor se manifiesta a través del respeto, el perdón,
la compasión, el agradecimiento y la ausencia de juicio. No cambian los
principios; únicamente cambia la dirección en la que los
proyectamos.